I. Kéter

Me alejé mientras dormías. Soy cobarde y me duele el aliento reconocerlo. Nunca supe conciliar el placer con el compromiso. Me refugié en tu corazón como un polizonte, esperando saltar del barco que nos arrastraba mar adentro en el primer islote. Bebí de tu bondad, me alimenté de tu pasión, aplasté la caja de Pandora contra tu vientre y urdí un plan para robarte la sal de tus besos sin herirte… Nací para huir, escaparme de todo, incluso de ti, la piel que mejor supo retener mis anhelos amordazados. Te miré un par de veces, echada en la cama, amortajada en la seda de tus sábanas. Sentí el lábil impulso de quedarme a tu lado, volver al lecho, escalarte la espalda con mis labios, despertarte con caricias y sellar dentro de ti el compromiso sincero de descubrirle el rostro al alba cada mañana a tu lado… Pero soy cobarde y me fui, sin dejarte a penas nada, sólo mi huella en tu piel, el eco de mis susurros, la luz de alguna sonrisa extraviada, la fragancia efímera de mi cuerpo… Sé que nunca lo has entendido, que se tornó hiel la miel que compartimos y en latón la plata inalcanzable de nuestros plenilunios de ensueño, pero soy cobarde, me duele el aliento al decirlo, debía partir al único lugar donde no existe el dolor: a ninguna parte.

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